"American Beauty", la falsedad de la belleza exterior
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El siglo de oro del cine (el siglo XX, por ser el primero y el único hasta entonces) había estado cargado de fantásticas obras maestras, capaces de hacernos reír a carcajadas o llorar de la tristeza más profunda. Y, desde luego, se merecía un final por todo lo alto. Este llegó de la mano del debutante Sam Mendes y del guionista Alan Ball en la merecida ganadora del último Óscar del siglo, 'American Beauty'.
Paradójicamente, la historia que se nos relata es puramente convencional, costumbrista, la típica familia de clase media americana que, como todas, espera cada día mejorar su posición, rodeada de sus vecinos y su ambiente laboral. Una vez establecido este escenario, es cuando se nos invita a "mirar más de cerca" ("look closer"), para comprobar que todos esos personajes, equiparables a cualquier individuo corriente, vive dentro de un microcosmos particular, con sus propias fantasías, aspiraciones y sueños.
Al igual que la belleza física es solamente la fachada de una persona, cuyos interiores pueden ser una completa ruina, las vidas de las familias dentro de las puertas de su casa es mucho menos ideal de lo que aparentan. El director propone un juego de personajes bastante estereotipados, de manera que veamos cómo se relacionan entre sí: el hombre despreocupado, la mujer obsesiva, la hija rarita, la amiga atractiva, el amigo lunático y el vecino ultraconservador. Los protagonistas se quitan la máscara y los vemos cómo son realmente.
El peso de la narración recae sobre el personaje interpretado por Kevin Spacey, un hombre infelizmente casado que un día decirle darle la vuelta a su vida y actuar como le parezca bien. De entre todos los estereotipos sociales que vemos, él será con el que más nos sentiremos relacionados, por su sencillez y anhelos. Pero si hay alguien que todavía impacta más es precisamente el que interpreta Wes Bentley, un chico joven extraordinariamente extraño que ve y capta la belleza de los sitios más recónditos. Esa belleza que él persigue no se corresponde con la socialmente aceptada.
Además de tener unas actuaciones memorables, llenas de matices y de naturalidad; y una crítica mordaz al estilo de vida americano, individuos que aspiran constantemente a ser los mejores, no le falta una espectacular banda sonora, que corre a cuenta de Thomas Newman. Como resultado, nos encontramos con una película extraordinaria, extraña, exquisitamente dirigida y, sobretodo, enormemente bella, a su manera.
Nota: 9/10
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